
Contando una vieja historia renovada |
|||
|
A principios de abril, rodeados por las majestuosas montañas de Vevey (Suiza), representantes de la Alianza y de la Iglesia Adventista del Séptimo Día se reunieron para discutir la misión de la iglesia en el mundo. Los representantes reformados provenían de Botswana, Brasil, Costa Rica, los Estados Unidos de América, Gales e India. Como respuesta al llamamiento de Debrecen a un proceso progresivo de reconocimiento, educación y confesión... en relación con la injusticia económica y la destrucción del medio ambiente", y a rasgos tradicionales adventistas, el diálogo se caracterizó por la reflexión sobre nuestra parte de responsabilidad por los sufrimientos del mundo y nuestra respuesta a ellos. A primera vista, ese magnífico entorno parecía ser un escenario inadecuado para un diálogo sobre la respuesta de la iglesia al sufrimiento. Sin embargo, a los nativos de contextos occidentales (como yo) nos recordó que siempre debatimos estos temas decisivos desde una ventajosa perspectiva de relativo privilegio. En relación con los participantes de países menos privilegiados, uno de mis nuevos amigos observó acertadamente que era positivo estar hablando de la injusticia en un lugar en el que algunos podían pagarse un viaje en taxi sin problemas, y otros no. En la primera mitad de la semana, los participantes realizaron sus presentaciones, que dieron lugar a productivas deliberaciones acerca de nuestras respectivas comprensiones sobre la misión de la iglesia en el mundo. Se otorgó especial atención a marcar líneas de similitud y de diferencias teológicas entre nuestras tradiciones religiosas. En la segunda mitad, elaboramos un borrador de nuestra discusión en el que se hace un llamamiento a nuestras iglesias a participar y reaccionar. Los participantes se reunieron en un espíritu de curiosidad amistosa. Nos tratamos con respeto mutuo y receptividad, esforzándonos por comprendernos y prescindir de los estereotipos que nos impiden unirnos en la misión de Cristo en el mundo. Los adventistas estaban ansiosos por aclarar posibles malentendidos acerca de sus prioridades teológicas sobre la segunda venida de Cristo. A los participantes de la ARM se les pidió que explicaran cómo reconcilian la doctrina de la predestinación con la confesión cristiana de que Dios es amor. Estas discusiones teológicas, si bien lejos de ser completas, sirvieron de base sobre la que iniciar el debate sobre injusticia económica y destrucción del medio ambiente. "Creemos que mediante la vida, la muerte y la resurrección de Jesucristo, Dios reconcilia a todo el orden creado con sí mismo", dijimos. "Cristo nos llama a trabajar para sembrar esperanzas, lograr la sanación, y liberarnos de la pobreza espiritual y económica." Desde perspectivas teológicas comunes, abordamos cuestiones decisivas de preocupación mundial, en particular, la injusticia socioeconómica (la pobreza, el VIH/SIDA, la violencia) la destrucción del medio ambiente y los prejuicios (la libertad religiosa, la discriminación en razón de género). "Invitamos a nuestros seguidores a redoblar sus esfuerzos para trabajar por la justicia, la erradicación de la pobreza, y la preservación y justa mayordomía del orden creado", concluimos.
Un desafío de este tipo, como comprenderán, no es nuevo. A lo largo de su existencia la iglesia ha recorrido y reexpresado constantemente su responsabilidad de hacer justicia, ayudar a los pobres, y ejercer una mayordomía fiel. El diálogo y el documento elaborado en Vevey son sólo parte de una larga lista de iniciativas. El desafío también nos reclama mayores precisiones. Plantea interrogantes sin responder en el documento, como "¿cuáles son los esfuerzos que debemos redoblar?" "¿Cómo debemos trabajar por la "erradicación de la pobreza', habida cuenta de que algunos de nosotros están entre los privilegiados?", y "¿qué significa una "mayordomía justa'?" La intención de nuestra reunión y del informe que preparamos no era responder a todas estas preguntas sino comprometernos nuevamente con la tarea que compartimos con la comunidad mundial y con los diversos testigos que pasaron antes. Al tomarse de la mano con los hermanos y las hermanas de la iglesia adventista, los creyentes reformados invitan a los demás a participar en el antiquísimo debate de cómo es, concretamente, vivir el Evangelio de Jesucristo. Mientras nos comprometemos a reconocer, educar y confesar en qué sentido somos cómplices de las estructuras que perpetúan las injusticias y la destrucción del medio ambiente, la "buenanueva antigua" y los cuestionamientos del Evangelio vuelven a renovarse. Un profundo y antiguo himno estadounidense reza así: "Me gusta contar la historia de cosas invisibles en el cielo, de Jesús y su gloria, de Jesús y su amor. Me gusta contar la historia, será mi tema en la gloria, contar la vieja, vieja historia... de Jesús y su amor." En Vevey, se nos recordó la importancia de contar la vieja historia y plantear el antiguo desafío, convencidos de que el amor de Jesús se hace manifiesto sólo cuando hablamos proféticamente oponiéndonos a la injusticia, somos solidarios con los pobres, y reconocemos nuestra comunión con el resto del orden creado. Dios nos concede la fortaleza de continuar contando y viviendo la vieja historia de nueva vida. Cynthia L. Rigby, Copresidenta
|
|
|