Ortodoxos orientales y reformados bailan su última pieza en el Líbano

Update


Volumen 11 número 1 (marzo de 2001)
Alegría, dolor y unidad en el Señor

Reunión y diálogo del CER y la ARM; nuevos lazos de amistad

Ortodoxos orientales y reformados bailan su última pieza en el Líbano

Robinson se va, pero no todavía

¿Libres frente al trabajo por la paz?

La renovacíon del culto reformado

De la oficina del Secretario General
Nueva vida

El debate iniciado ahora en Roma es el que quedó pendiente en 1517 en Wittenberg...

Ayudad a los perseguidos - y los procesamos

El derecho a estar protegido contra el hambre - y mucho más

Las iglesias se unen (o casi) para superar la violencia

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Beirut (Líbano) es una ciudad a la que el Mar Mediterráneo y las colinas que se levantan por sobre ella aportan una belleza majestuosa. En la cima de esas colinas hay un colegio de varones y un seminario administrados por la Iglesia Apostólica Armenia, en la que se levanta una estatua con su brazo elevado hacia Dios, como diciendo, "éstas son tus montañas y tu mar. ¡He aquí tu gloria!" Cuando el sol brilla, las colinas y los valles se unen a los campos cultivados más próximos casi formando un arco iris que anuncia la presencia de Dios.

El 23 de enero, representantes de las iglesias ortodoxa oriental y reformada de todas partes del mundo llegaron a Beirut para celebrar la séptima y última sesión de su diálogo bilateral internacional. Para sorpresa de los participantes, que recordaban las imágenes televisadas de la larga guerra civil y la destrucción, los aviones abrieron sus puertas a un aeropuerto muy moderno y atractivo. Allí nos recibieron nuestros anfitriones del Catolicosado de Cilicia de la Iglesia Apostólica Armenia.

¡Elijan pareja, por favor!

Desde 1993, obispos, metropolitanos, muy reverendos, doctores en teología, reverendos, profesores, ancianos y seminaristas se han reunido fielmente en distintos lugares del mundo para celebrar este diálogo internacional ortodoxo oriental-reformado. Cuando iniciamos juntos por primera vez este camino nadie podía prever que Beirut sería el lugar de nuestro último encuentro.

En todo momento durante esta reunión fuimos conscientes de la importancia del entorno mediterráneo como cuna de la iglesia cristiana. Se nos recordó también que en parte era a lo largo de este mar que la iglesia cristiana estaba dividida, entre los ortodoxos y los ortodoxos orientales, entre los ortodoxos orientales y los católicos occidentales, entre católicos romanos y la familia protestante de la que nosotros, los reformados, formamos parte.

¿Cómo podía ser que nuestro diálogo finalizara hablando de la unidad de la iglesia de Cristo en este lugar? ¿Sería porque en última instancia Dios llama a la danza de las iglesias a participar en la fiesta de la unidad de la iglesia? ¿Es la providencia?

Los programas para el diálogo se prevén, pero lo que está planeado no es necesariamente lo que luego ocurre. Nadie sabe de antemano en qué va a resultar una determinada reunión. Beirut fue una ilustración patente de esto. No estábamos seguros si habría suficientes participantes para celebrar un diálogo. No estábamos seguros de si celebraríamos o no esta sesión final. "¿Es verdaderamente necesario reunirnos en este momento?", nos preguntábamos, sin animarnos a decir esto en voz alta. ¿Qué vamos a decirles a nuestras iglesias? ¿Podemos decir que entre nosotros hay amor? ¿Pondremos la unidad de la iglesia de Cristo primero, o cada participante se mantendrá en su firme posición doctrinaria?" Muchos de nosotros pasamos horas pensando qué diríamos a nuestras iglesias. A lo largo de nuestro diálogo, habíamos logrado acordar sólo una cosa, una declaración sobre cristología en la que reconocíamos que, a pesar de las diferencias en nuestras formas de expresarnos, nuestros puntos de vista eran, en última instancia, los mismos. Íntimamente nadie lo deseaba, pero muchos de nosotros temíamos que en Beirut nos separaráramos en total desacuerdo. Así pues, fuimos al Líbano con sentimientos encontrados.

Lo sorprendente fue que cuando nos encontramos y nos tuvimos frente a frente, supimos que estábamos en el lugar indicado y en el momento preciso. A los saludos siguieron los sacudones de manos, los abrazos y el beso sagrado. Habíamos llegado a querernos, lo sabíamos y podíamos expresarlo a pesar de las diferencias eclesiales. Incluso personas que antes habían tenido desacuerdos extremos, ahora se apreciaban de una forma distinta. Hubo pedidos no tan sutiles para que nos reuniéramos de nuevo. "Los voy a extrañar." "Reactivaremos el diálogo para poder seguir viéndonos, ¿no es cierto?"

¿Ha logrado el diálogo aproximar a nuestras iglesias, que durante 1.500 años han evolucionado separadas y en aislamiento? "Decididamente: sí", decimos quienes participamos en este diálogo, aunque no subestimamos la importancia, o la dificultad, de que nuestras iglesias reciban los resultados de nuestro trabajo. ¿Fueron el terreno del Líbano y la iglesia huésped los factores que sirvieron para encontrar un ambiente agradable y de respeto entre nuestras dos familias? "Decididamente: sí", repetimos. No se puede ignorar la historia y su capacidad de reflejar las luchas actuales, iluminando nuestra comprensión.

Al final, oramos juntos por nuestras iglesias, por nuestros dirigentes, y por los fieles a quienes procuramos servir.

Eugene Turner, Iglesia Presbiteriana (EE.UU.)

 

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