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Ramas sin flores

Lukas Vischer, 1998

Recordamos la campaña del clima del año pasado. A través de llamamientos y peticiones, las iglesias de 21 países hicieron un llamamiento a sus gobiernos para que tomaran medidas serias contra la amenaza que representa el cambio climático. En Bonn, a principios de marzo de 1997, una multitud de niños entregó a los representantes de la ONU y en nombre de las iglesias las firmas recogidas durante la campaña, junto con un símbolo, la rama en ciernes de un cerezo. La intención era que en la conferencia de Kyoto de diciembre esa rama simbolizara no sólo el anticipo de las flores sino el fruto sustancial. Ese deseo no se cumplió. La rama no se secó, pero apenas si podemos hablar de flores, mucho menos de frutos.

Durante algún tiempo, en Kyoto se tuvo la impresión de que no se haría ni un mínimo progreso. Los Estados Unidos, el país con el nivel más alto de emisiones de CO2 per cápita, declararon que no estaban dispuestos a hacer ninguna reducción. Manifestaron que sólo alrededor del año 2010 estabilizarían sus emisiones al nivel que tenían en 1990, objetivo que ya en Río de Janeiro se había fijado para el año 2000. La Unión Europea hizo algo más: pronunció un llamamiento a una modesta aunque significativa reducción de las emisiones. Tras un largo tira y afloja, se llegó a un compromiso de último momento. La Unión Europea redujo sus pretensiones y los Estados Unidos se declararon dispuestos a reducir las emisiones a un 7% hacia el año 2008.

Muchos observadores estaban contentos de que se hubiera alcanzado un acuerdo y de que la comunidad de las naciones pudiera hacer planes en conjunto en el marco del convenio sobre el clima. El resultado, sin embargo, dista de ser un acierto. Sobre todo si se considera que en la actualidad se habla de un comercio de los "derechos de emisión", es decir, que países cuyas emisiones de CO2 sobrepasan los límites que se acordaron, pueden comprar los "derechos" a países con emisiones bajas. Por consiguiente, en lugar de tomar medidas en su propio país, los Estados Unidos podrían cumplir con sus obligaciones aprovechándose de las cuotas de otros países. Esto parecería tener una "ventaja" para ambas partes: mientras los Estados Unidos podrían mantener el statu quo, otros países obtendrían el capital para modernizar sus tecnologías ineficaces. No se han ultimado detalles, pero esta idea del comercio es sospechosa desde el principio mismo porque permite una vez más que quienes contaminan pospongan la hora de la verdad.

Los resultados de la conferencia de Kyoto también son fatales por otra razón. De ahora en adelante, los gobiernos y los parlamentos de las naciones industrializadas pueden esconderse detrás de los "lamentablemente tan tontos" Estados Unidos. Ahora creen que ellos también pueden esperar. ¿Por qué deberían ser ellos modelos de virtud, si quien más contamina la atmósfera se permite privilegios ilimitados? El resultado de la conferencia de Kyoto equivale a haber renunciado a planear a largo plazo. En lugar de crear ya a nivel energético los requisitos previos de un futuro sustentable, continuamos como si se pudiera seguir eternamente de este modo. ¡Todo a su tiempo!

Las iglesias no pueden dejarse arrastrar por esta estela. Lo que exigía su petición del año pasado sobre el clima no ha perdido ninguna vigencia. Sólo si se logra movilizar a la opinión pública, la rama podrá, quizás, florecer. Esperar simple y tranquilamente a ver si las catástrofes realmente ocurren es una actitud irresponsable. El riesgo es demasiado grande como para que después de Kyoto volvamos a nuestros asuntos como de costumbre.

 

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