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Hacia una espiritualidad renovada

 
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Hacia una espiritualidad renovada

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C.S. Song, presidente de la Alianza

Al principio de esta historia de la vida y el ministerio de Jesús, Juan nos dice: "Esta Luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no han podido apagarla" (Juan 1:5). La luz en las tinieblas. La esperanza en medio de la desesperanza. La vida a pesar de la muerte. ¿No es esto acaso lo que vivimos en la vida? ¿Acaso no es simbólico de la gloria de la resurrección frente a la vergüenza, el dolor y el sufrimiento de la Crucifixión?

La noche del padecimiento y la muerte de Jesús, y el amanecer de la resurrección. La luz que brilla en las tinieblas y las tinieblas no han podido apagarla. La noche de confusión y de dudas, y el Espíritu de renovación que sopla disipándola. Juan el evangelista resume todo esto en una de las más profundas y agudas declaraciones que se haya hecho jamás en la comunidad cristiana a lo largo de los siglos: "La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, llena de gracia y verdad" (Juan 1:14).

Dado que la Palabra ya se ha hecho carne en Jesús, y dado que estamos comprometidos con esa Palabra que habita entre nosotros, ¿tenemos acaso la opción de que nuestras palabras no sean carne en nuestras vidas, ni sean historias de nuestras iglesias, ni sean parte de la historia de las naciones y los pueblos? La cuestión nos hace volver al Espíritu, no a cualquier espíritu, no al espíritu que nos manipula y nos excita, sino el Espíritu que nos conduce a Jesús, que lo inspiró y le dio el poder de llevar a cabo el ministerio del reino de Dios.

Jesús fue guiado por el Espíritu para conducirnos de las tinieblas a la luz. El Espíritu inspiró a Jesús para que nos diera vida en medio de la muerte. Y el Espíritu dio poder a Jesús para reconstruir la creación de Dios, en medio de la confusión que habíamos creado. ¿Estamos dispuestos, como cristianos reformados e iglesias de la Alianza, a dejarnos inspirar por el Espíritu e investir y guiar por ese Espíritu en los días y años futuros?

El siglo XX ha sido el siglo de desarrollo económico y de los movimientos democráticos. Un siglo en el que los hombres y las mujeres lucharon contra las ataduras de la dominación. Un siglo en el que la voluntad humana se impuso sobre muchas tiranías políticas y sociales. Pero quedan muchas cadenas por romper. Y hay nuevas cadenas creadas para esclavizar a la humanidad.

El siglo XXI, por consiguiente, tiene que ser el siglo del Espíritu, el Espíritu que nos guía como seres humanos hacia la renovación, el que nos inspira para ser justos y compasivos unos con otros, y el que nos da el poder de elegir la vida aquí y ahora, y de creer en la vida en la eternidad de Dios.

¿Podemos, como hijas e hijos de la familia reformada, seguir ese Espíritu que sopla donde quiere? ¿O nos quedaremos atrás? ¿Pueden ser renovadas nuestras iglesias y congregaciones por ese Espíritu para ser una fuerza espiritual en nuestra comunidad? ¿O se nos privará de él y quedaremos paralizados por nuestros credos, tradiciones y estructuras? ¿Podemos, como Alianza Reformada Mundial, recibir la vitalidad que nos da el Espíritu para ser portadores de esperanza y artesanos del futuro? ¿O pasará de largo dejándonos indefensos, sin recursos, y fuera de la benevolencia de Dios?

A todas estas preguntas debemos responder con un fuerte "No" o un "Sí": un No, a nuestra propia complacencia, y un Sí al Espíritu que sopla donde quiere; No a nuestro propio egocentrismo, y Sí al Espíritu que siempre va delante nuestro; No a nuestro espíritu de cobardía y Sí al Espíritu que lleva a Jesús a enseñarnos a orar, diciendo: "Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo."

Permítaseme repetir: el siglo XXI será el siglo del Espíritu. Es imprescindible saber que el desorden económico está causado por el desorden espiritual de los seres humanos, que las catástrofes del medio ambiente son sintomáticas de nuestra catástrofe espiritual, que la dominación de razas, credos, género o cultura es la manifestación de nuestra pobreza espiritual.

Por consiguiente, ser reformados es reclamar el Espíritu que sopla donde quiere. Ser reformado es renovar nuestra entrega a Jesús, que vivió y murió en obediencia a ese Espíritu. Y ser reformado es unirse a ese Espíritu en la aventura de la fe en el siglo venidero. Avancemos, pues, desde aquí hacia el futuro de Dios, inspirados e investidos por ese Espíritu de Dios que sopla donde quiere.

 

UP

 

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